Por: Celeste Martínez y Evelyn Jiménez

Nadie sabía cuánto dependíamos de la redes sociales y del mundo electrónico-digital hasta que el Huracán María nos dejó a todos a la deriva.  La sensación de soledad, durante las dieciocho horas en las que estuvo azotando  a la Isla el fenómeno natural categoría 4, fue casi insufrible para aquellos que vivimos literalmente conectados 24/7.

 

Damos por sentado el hecho de que a la menor provocación y para la simpleza más grande del mundo podemos agarrar nuestro teléfono y satisfacer cualquier duda que se nos ocurra, desde cómo escribir correctamente una palabra, saber cuál es el nombre del artista que salió en tal película hasta por supuesto, el llamar o “textear” las veces que se nos pegue en gana y cuándo lo deseemos a todos nuestros seres queridos. La ilusión de Internet ilimitado, conexiones de alta velocidad, capacidad de tantos ‘megabytes’ se desvaneció en un dos por tres o mejor dicho, en los vientos de más de 120 millas que trajo consigo esta tormenta. Tanto cargar los equipos para…

 

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Al amanecer del 21 de septiembre de 2017, y mirar mi teléfono, como acostumbro hacer en el ritual de cada mañana,  me topé con el anuncio de “no service” en la pantalla  y pensé que era algo temporero porque el huracán apenas comenzaba.   Pero, según transcurrieron las horas, nada pareció cambiar.  Entonces, durante el tiempo de calma del paso del ojo (cosa de la que me enteré horas más tarde pues ya, en mi ignorancia de información inmediata, pensaba que todo había terminado) puse en marcha el plan B.

 

A falta de redes sociales y mundo cibernético todavía podría contar con las ondas radiales: WRONG.  Me monté en mi carro y empecé con el “tuner” a pasar estación por estación casi preguntando, “¿hay alguien allá afuera?”.  Solo había una emisora, que estaba transmitiendo en una frecuencia distinta,  como si la fuerza de los vientos los hubiese arrastrado fuera de su lugar habitual.  Hablaban de su entorno y noté que mucha gente estaba llamando a la emisora por lo que sospeché que no todo estaba perdido porque había gente usando sus teléfonos, tratando de restablecer comunicación. Entonces, vino la virazón; la lluvia y el viento de la segunda parte de María. Otras ocho horas en las que la emisora sobreviviente también sucumbió.   Y al final todo fue silencio….

 

A la mañana siguiente, volví a mirar mi teléfono sin mucha esperanza: “No service”.   Decidí abrir la puerta principal de mi casa, la que por uso y costumbre mantengo cerrada.  Allí estaban mis vecinos, a los cuales saludé más efusivamente que de costumbre. Me sentí contenta de que estuvieran bien, pero viendo y dándome cuenta que en esos momentos ellos eran mi red, el equivalente a los cientos de contactos que tengo en mis redes sociales.

 

A partir de ese momento, ellos eran mi nueva lista de contactos, los ‘posts’ serían los gritos que nos echaríamos por encima de las verjas y a través de las calles para ayudarnos en aquello que cada uno necesitara.  Inmediatamente formamos una comunidad.  Siempre sabíamos que estábamos allí a la orden para lo que el otro necesitara, pero ahora todos nos necesitábamos y no dependíamos de ninguna ayuda externa del video de YouTube de cómo hacer x cosa o la recomendación de algún amigo de “¿quién es bueno para arreglar ventanas?” Mis vecinos salieron taladro en mano unos, otros a quienes se les cayó un “palo de pana” las ofrecieron para que otra vecina las pelara y en mi casa, que tenemos estufa de gas, las hirviéramos para un almuerzo caliente.

 

Fue la primera vez que cerramos la calle para comer juntos.  Ese fue nuestro “share” del día.   Nadie pidió acceso para que los aceptáramos como “amigos”.  Nadie le dio “unfriend” a nadie porque hizo algo que no le gustara; Nadie usó emoticones, ni me gusta, ni reacciones de enfado, sino que nos dimos las gracias de frente y aprendimos que el mundo cibernético y las redes sociales son valiosísimos pero no podemos depender de ellas porque al fin y al cabo no es sino una copia de la otra comunidad que tristemente  teníamos olvidada y que el Huracán María nos enseñó a recordar.

 

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